"LLa lengua nace con el pueblo; que vuelva a él, que se funda con él, porque el pueblo es el verdadero dueño de la lengua". Miguel Delibes a lengua nace con el pueblo; que vuelva a él, que se funda con él, porque el pueblo es el verdadero dueño de la lengua". Miguel Delibes

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miércoles, 4 de diciembre de 2019

GREGUERÍAS

Caligramas creados por el alumnado de 2º de ESO.
 
Las estrellas por la noche hablan en clave morse.

La nieve son trocitos de algodón que limpian la contaminación.

El dromedario lleva la cantimplora a cuestas.

Denis Mulas Suárez. 



El café se come al azúcar.

Juan Díaz Álvarez.


Las orejas son los abanicos de los elefantes.
Gabriel Garzo Prieto.


El cometa es una estrella a la que se le ha deshecho el moño.

Hugo Prieto Revuelta.


El universo guiña un ojo cuando una nube cruza el sol.

Enma Iglesias González.


La jirafa es una grúa que come hierba.

Hugo Fernández Iglesias. 


Enol Patino Corta 
 

sábado, 2 de noviembre de 2019

EL HOMBRE DE LOS OJOS ROJOS

Todo era normal antes de esa estúpida noche de Halloween. Me cambió la vida… ¡pero a peor! Antes era un chaval normal, con sus problemas amorosos y de amistades. Pero todo en mí cambió: mi forma de pensar, de sentir…
La noche del 31 de octubre de 1826, mis amigos y yo decidimos ir al cementerio por el tema de Halloween y de los muertos vivientes. No se nos ocurrió mejor cosa que jugar a la ouija. Yo era el cagado del grupo: todo eso de los fantasmas, espíritus, me daba miedo, no me gustaba jugar con eso. Nos sentamos al lado de la tumba del exalcalde de mi ciudad. Posamos las manos en el tablero e intentábamos hablar con alguien pero no se movía el puntero. Suponía que tan solo era un juego.

Decidí sentarme en una piedra y disfrutar un rato de la noche. Mis amigos se fueron a casa y yo me quedé ahí, solo, sin ninguna compañía. Estaba tan a gusto, la sensación del viento y el aire fresco me relajaba mucho. Ya se hacía tarde y me iba a casa cuando sentí el roce de algo o alguien en mi espalda. Me di la vuelta y no había nada, solo tumbas y flores secas.

Llegué a la salida del cementerio y la puerta estaba cerrada. Pensé que el vigilante había cerrado. Recordé que había otra puerta en la otra punta del cementerio.

Cuando estaba llegando, vi una sombra detrás de un árbol. Fui detrás de ella y llegué a una cabina. Estaba oscuro y hacía mucho frío. No sabía por qué pero notaba una presencia muy extraña. De repente, el pestillo en la puerta se cerró. Empecé a sudar y el miedo se apoderó de mí. No sabía qué hacer ni decir. Ni siquiera me salía la voz. La sombra apareció reflejada en la ventana y, cuando me giré, noté cómo se metía dentro de mi cuerpo. Ese demonio me había poseído. Fue horrible, pensé que era mi fin.

Cuando todo acabó, estaba destrozado por dentro y lo peor fue que estaba tan solo…, todos mis amigos estarían jugando y yo ahí, muriéndome. Opté por ir a casa, dormir y descansar, que lo necesitaba.

Al día siguiente, sentí la necesidad de desahogarme, destrozar cosas… Se me cruzó un cable, mis ojos se volvieron rojos como la sangre y empezó a salirme pelo por todo mi cuerpo. Entonces salí de casa y la primera persona que pasó por la calle… la asesiné sin piedad. Día tras día cometía asesinatos, mataba a gente por diversión. Me daba igual el tipo de persona que fuese: mujer, niño, hombre, anciana…

Al final, me descubrieron y cinco coches de policía me dispararon hasta que caí al suelo.

Ahora, todos los años en el Día de los Muertos, salgo de la tumba y voy a lamentarme a las de las personas que asesiné, esas personas que murieron por mi antojo.

Enma Iglesias González.

2º B. ESO
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miércoles, 12 de junio de 2019

CANSADA, CANSADO

Cansada de estudiar para aprender nada.
Cansado de normas para no cumplir nada.
Cansada de madrugar para hacer nada.
Cansado de todo para tener nada.
Cansada de vivir los mismos días para nada.
Cansado de ahogar las penas en silencio para nada.
Cansada de vivir para morir, que es nada.

2º B. ESO
Poema colectivo siguiendo la estructura de  
Siempre, de Alejandra Pizarnik.   

sábado, 20 de octubre de 2018

UNAS LARGAS VACACIONES


Lo que voy a contar ahora fue una propia historia de supervivencia. Bueno, para poner en situación, hace tres años me fui de vacaciones a una aldea del Amazonas. Estuve realizando diversas actividades: primero, fui en tirolina con los habitantes de la aldea; luego, paseamos  a lo largo del río en canoa, nos bañamos en él y localicé algunos peces aterradoramente grandes.
Los habitantes de la isla no hablaban mi idioma y cariñosamente me llamaban “Kewui”.
Como final atracción turística, nos propusieron una vuelta en una vieja avioneta, algo destartalada y sucia. En un principio, me pareció una bonita idea ver desde los cielos el enorme río Amazonas.
Nos subimos en total tres personas y el piloto. El señor era moreno de piel, de pelo largo y descuidado, con una gran barriga. A medida que se escuchaba gemir el motor, daba algo de mala espina pero no nos preocupamos mucho ya que las vistas desde allí arriba eran espectaculares, todo era verde y atravesaba de punta a punta el río.
El piloto nos propuso una actividad un tanto vertiginosa: nos dijo que tenía un par de paracaídas atrás por si queríamos saltar y sentir más fuerte el viento. Era mi último día allí y yo fui el único que se atrevió. Me puse el paracaídas y salté.
Cuando bajaba, escuché un gran ruido, como una explosión. Miré y era la avioneta: se había incendiado el motor. Se aproximaba al suelo con gran rapidez y finalmente se estrelló contra un enorme árbol. El viento iba en dirección contraria y acabé en la otra punta de la isla. “Ahora, cómo sobreviviré –pensé- si la gente de la aldea tardarían días en encontrar la avioneta y me darían por muerto o pensarían que mi cadáver se habría desintegrado.”
Después de reflexionar durante treinta minutos y estar llorando otra media hora, decidí caminar por el frondoso bosque y seguir la corriente del río hasta encontrar la civilización.
Sin embargo, tras dos horas caminando a la vera del río, no encontré nada, solo bebí un poco de agua en mal estado. Las siguientes cuatro horas las pasé lanzando piedras al río y pensando qué hacer.
Tras un rato, decidí caminar otra hora. A lo lejos, escuché el ruido del fuego. Pensé: “estoy salvado”. Pero al acercarme vi que era la avioneta ardiendo en llamas. En ese momento empezó a llover y a oscurecer, construí de mala forma un refugio pero al cabo de quince minutos, cedió por la lluvia. Finalmente me refugié en los escombros de la avioneta.
Creo que me pasé sin moverme de allí unos tres días. Estaba delgaducho, con la boca seca y deshidratado.
Yo pensaba que esa ya sería mi última noche. Me puse a dormir cuando, de la nada, escuché un altavoz: “Kewui”. Me levanté como pude de entre los escombros, vi un helicóptero con un gran foco iluminando los restos de la avioneta. Yo cogí unas ramas para que me vieran.
Creo que me desmayé en ese momento. Lo último que recuerdo es a mí mismo finalmente en el hospital.

Jose Manuel Argüelles Sáez. 2º de ESO

JUAN Y LOS ESPEJOS


Juan se levantó muy contento esa mañana. Era su cumpleaños. Al bajar a desayunar, se encontró con su madre.
-Buenos días, cariño –dijo su madre.
-Buenos días –contestó él.
-Hoy es un día muy especial, cumples diez años. Esto es para ti –dijo mostrándole una caja dorada-. Este es el regalo que me dio tu abuela cuando cumplí diez años. Lo sigo conservando y te lo voy a dar.
-Gracias, mamá.
Nervioso, abrió la caja y se encontró dos espejos, uno grande y otro pequeño.
-¿Dos espejos? –preguntó decepcionado y con cara extraña.
-No son dos espejos cualquiera, son mágicos –le explicó su madre cogiendo el grande.- Con este, puedes viajar a donde tú quieras, solo tienes que pensar un lugar. En cambio, para poder volver, tienes que llevar este siempre contigo –dijo cogiendo el pequeño-. Cuando estés en el lugar que deseas, solo tienes que mirarte en este espejo y volverás a casa.
Juan miró incrédulo a su madre. ¿Qué tipo de regalo era ese? ¿Sería verdad lo que decía su madre?
Cogió los dos espejos y se fue a su habitación. Metió el pequeño en su bolsillo y después miró el grande. Cuánto le gustaría estar en el viejo rancho de su abuela, con los caballos, hacía tanto tiempo que no la veía. De pronto, sintió un mareo y, al abrir los ojos, estaba en el viejo rancho. Allí vio los caballos y, a lo lejos, a su abuela. Corrió hacia ella y la abrazó.
-Mi niño, ¡cuánto tiempo sin verte! –exclamó la abuela.
-Abuela, hoy cumplo diez años y mamá me ha regalado los espejos que tú le diste. Ahora podremos vernos más a menudo –explicó Juan.
-Disfruta de tu regalo –dijo ella.
-Voy a seguir viajando. Adiós, abuela.
Se despidió y se miró en el espejo. Volvía a estar en su habitación.
Juan pensó en otro sitio donde le gustaría estar, se encontraba tan emocionado que se le ocurrían muchos. De repente, la imagen de Nueva York apareció en su cabeza. ¡Tenía tantas ganas de conocer esa ciudad! Miró el espejo y gritó: “¡Nueva York!”.
Volvió a sentir un mareo y, cuando abrió los ojos, estaba allí. Visitó la Estatua de la Libertad, Central Park, Times Square y el Puente de Brooklyn pero se le había hecho tarde así que, sacando el pequeño espejo, se miró y volvió a casa.
Estaba ya cansado pero pensó que todavía podría hacer otro viaje. Siempre había soñado con ir a la selva, quería ser explorador. Volvió a mirarse en el espejo y, al cabo de unos segundos, estaba en la selva, dentro de una choza construida con ramas y troncos. Oyó ruidos y gritos por lo que salió. Un grupo de indígenas corría hacia él, amenazantes, con unas lanzas. Juan tenía medio y echó a correr aunque ellos le perseguían. Pensó que era el momento de acabar ese viaje: metió la mano en el bolsillo pero el espejo no estaba. Seguramente lo había perdido en su huida.
-No puede ser –pensó asustado-. No voy a volver a casa y además voy a morir en manos de estos indígenas.
Siguió corriendo y se cayó al suelo. Unas manos le agarraron.
-¡Es el fin! –gritó.
-¡Despierta, Juan! Tan solo es una pesadilla –le decía su madre mientras le zarandeaba.
-¿Qué? –preguntó sobresaltado.
-Cariño, ¡hoy es tu cumpleaños! –exclamó ella con una caja dorada en las manos-. Tengo un regalo para ti.

Jimena González Díaz. 2º de ESO

lunes, 14 de mayo de 2018

HISTORIAS DE MISTERIO


Atraídos por las historias de misterio e inspirados por La ratonera de Agatha Christie leída en clase, los alumnos de 1º de ESO os presentan sus relatos de suspense, con los que esperamos que paséis un buen rato. ¡Disfrutad!

ASESINATO EN EL TREN DE MEDIANOCHE


Me llamo Javier, soy el mayor de los cuatro sobrinos de mi única tía, Antonieta.  Es una mujer de carácter agrio, seco y es extremadamente tacaña.  Hace años se quedó viuda y se hizo millonaria. Pero no sabe disfrutar del dinero, todo lo que tiene ha sido gracias a su marido.

            El pasado jueves, nos sorprendió a todos los sobrinos cuando recibimos una llamada suya en la que nos invitaba a una cena en familia en su mansión de Los Ángeles (EEUU). Quería darnos una gran noticia.

            Después de ponerme en contacto  con mis tres primos,  Julia, Manolo y José, estos dos últimos hermanos, y organizar el viaje, preparé las maletas con mucha intriga.

            Mientras recogía la ropa, pensaba en los momentos divertidos que hemos vivido todos los primos juntos. En nuestra infancia, éramos un poco traviesos, pero mi primo José, el más pequeño, a veces llegaba a ser perverso. Le gustaba torturar a cualquier ser vivo que no fuera racional. Su hermano Manolo, sin embargo, era un ángel, siempre preocupado por los demás, cuidando de todos; parecía mentira que hubieran nacido de la misma madre. Julia era una niña muy normal, no le gustaba llamar la atención.

Estaba recordando esos momentos cuando, de repente, sonó el timbre. Mis primos habían venido a buscarme. Qué alegría sentimos al vernos.

–¡Hombre Javi, qué mayor te veo ja, ja, ja,..! –exclamó mi primo José.

–¡Qué simpático eres, primo! –dije yo.

–No le hagas caso, Javi, ya sabes que es muy bromista –puntualizó Manolo.

–Primo, ¿qué tal estás?, ¿lo tienes todo listo?

–Por supuesto, ya sabéis que me gusta tenerlo todo controlado–afirmé.

A la mañana siguiente, teníamos que estar en el aeropuerto de Madrid. Nuestro vuelo salía a las 9:10 de la mañana, así que decidimos acostarnos pronto.

Llegó el ansiado día. Después de recoger nuestras maletas, decidimos desayunar en la cafetería del aeropuerto.

Cuando entramos en el avión, Julia empezó a sentir mucho miedo porque era la primera vez que volaba.

–Julia, no te preocupes, son unas cuantas horas dentro de este aparato, pero

verás cómo te entretienes con una película y después echas un sueñecito –dijo Manolo con tono tranquilizador.

–Lo intentaré, pero no te prometo nada; gracias, primo.



La azafata se dispuso a explicarnos las normas de seguridad. Luego habló el piloto:

–Buenos días, soy el piloto Fernández; el avión despegará en cinco minutos.

¡Les deseamos un feliz viaje!

           En ese momento a Julia le entraron unas tremendas ganas de ir al baño. Le dijimos que no era buena idea, pero ella no aguantaba más. Serían los nervios. Tardaba más de lo necesario y el avión iba a despegar. Cuando empezaba a levantar el vuelo,  Julia salió del baño y, entre el miedo y la confusión, se desmayó en el pasillo. Rápidamente, entre la azafata y yo cogimos a Julia y conseguimos sentarla en su asiento. Tuvimos que echarle agua fría en la cara para despertarla. Con todo ese lío, se acabó durmiendo plácidamente durante unas cuantas horas.

            Al llegar a Los Ángeles, el avión aterrizó con éxito. Salimos del aeropuerto, donde nos esperaba una limusina que había enviado nuestra querida tía. ¡Qué ilusión nos hizo montar en ella!; teníamos bebidas, algo para picar, TV, de todo…

            Al llegar a la mansión, nos recibió Alfred, su mayordomo. Parecía inglés, tenía un estilo similar al de los mayordomos de las películas. Nos enseñó nuestras habitaciones y nos invitó a ponernos cómodos. Nuestra tía nos recibiría lo antes posible, estaba dándose un baño de espuma relajante.

            Bajamos al salón a esperarla. Al momento, apareció Antonieta, vestida muy elegante.

–¡Queridos sobrinos, qué alegría veros después de tantos años!

–¡Tía, estás estupenda! –dijo Julia.

–Qué atenta eres, tú sí que sabes llevar bien tus años.

Como siempre, Antonieta no sabía contener su lengua.

Después de enseñarnos todo y dar un paseo por sus jardines, Alfred nos indicó que era hora de asearnos para la cena.

A las nueve en punto, estaba todo listo. Nos dispusimos a disfrutar de los suculentos platos que nos había preparado la cocinera. Cuando llegaron los postres, José le dijo a nuestra anfitriona:

           –Tía Antonieta, nos tienes intrigadísimos, ¿puedes contarnos ya cuál es esa noticia tan importante?

           –Pues claro, ahora mismo. Me ha costado mucho decidirme, pero gracias al consejo de Alfred, mi testamento está casi acabado.

–¿Qué quieres decir, tía? –preguntó Julia.

           –Durante muchos años, no he sabido disfrutar de mi riqueza. Reconozco que he sido muy tacaña, pero vosotros tampoco os habéis interesado mucho por mi vida. Llevo tiempo dándole vueltas, pensando quién se merece más un buen pellizco de ese dinero. Al fin, he decidido dejaros a los cuatro una buena cantidad. También dejaré un montoncito a otra persona, de la que no revelaré el nombre. Espero que no sea un problema para vosotros y que sepáis estar agradecidos. Deseo vivir muchos años, ya que gozo de buena salud, pero en el caso de que el destino adelantara acontecimientos, hay una cláusula en mi seguro de vida que os haría beneficiarios de otra buena bonificación. Sólo hay una condición para que podáis disfrutar de esa herencia. Tengo pensado hacer un viaje largo, en tren. Me gustaría visitar el “Gran Cañón”  en un tren turístico que hace varias paradas y tarda varios días en llegar. Vosotros vendréis conmigo y, por supuesto,  Alfred, pues no podría hacer nada sin él. En ese viaje tendremos la oportunidad de conocernos mejor y recuperar el tiempo que hemos perdido estos años. La respuesta, tendréis que dármela esta noche, porque el tren sale mañana a las diez de la mañana.

           –¡Menudo notición! –exclamé yo. Tía, reconozco que no te hemos cuidado mucho, pero eres la única tía que nos queda viva y, creo que hablo también en nombre de mis primos, queremos disfrutar de tu compañía durante muchos años. Aunque vives un poco lejos de España como para venir a visitarte a menudo, ¿no crees?

           –Por supuesto que estamos de acuerdo con Javi. Vendremos a visitarte todo lo que podamos –apuntaron mis primos.

           –Por el dinero para la visitas y el viaje, no hay por qué preocuparse, chicos. Ya veréis qué gran familia vamos a recuperar.

A la mañana siguiente, estábamos listos en la Union Station de Los Ángeles, con mucho nerviosismo y expectación.

Comenzamos el viaje en tren. El primer día hicimos parada en un pueblo, en el que tuvimos la oportunidad de hacer unas compras. Volvimos al tren y nos entretuvimos con nuestra tía, contando historias de nuestra vida, jugando a juegos de mesa, etc.

Manolo no parecía divertirse, sabía que nunca le había gustado a la tía Antonieta. De pequeño era regordete, feo y bastante torpe, y eso hizo que fuera diana de muchas de las burlas de la tía. Además le castigaba sin cenar y sin ir al río a bañarse cuando nos quedábamos con ella en su casa de verano, aunque el pobre nunca se lo merecía. El que realmente se portaba mal era su hermano José, pero era el ojito derecho de la tía.

Julia estaba agradecida, pero a la vez tenía ganas de acabar ese viaje. En su trabajo las cosas no iban muy bien y estaba en el punto de mira de un posible despido. No quería jugársela, pero tampoco quería que la apartaran de la ansiada herencia.

José estaba encantado disfrutando del momento y, de vez en cuando, aprovechaba que era el preferido de la tía para burlarse de la ella de forma sutil. Siempre había sabido sacarle una sonrisa y dinero; era muy interesado.

Yo, en cambio, tenía mis dudas. La tía no era mala persona, pero tampoco era de fiar. No obstante, tenía unos días de vacaciones reservados y me pareció buena idea disfrutarlos así.

Alfred no dejaba de servir a la tía, era como un perro fiel. Pero Antonieta abusaba mucho de su confianza, hasta el punto de despertarle durante la noche para llevarle una infusión del vagón restaurante cuando no podía dormir.

Los días transcurrían lentos y eso nos daba tiempo a pensar en otras cosas. Una noche, cuando tomábamos el último café, aprovechando que la tía se había ido a dormir, se nos ocurrió pensar qué pasaría si tía Antonieta se moría antes de tiempo. Podría darle un infarto, ya que era una señora de gran corpulencia y no se cuidaba mucho. Podría tener un accidente, podría sufrir una enfermedad…pero, de repente, José dijo riéndose:

–¡Podríamos envenenarla y así obtendríamos antes la herencia! Ja, ja, ja.

–Lo dirás de broma, ¿verdad? –dijo Manolo.

–Claro, hermanito, claro.

      Julia y yo nos quedamos desconcertados y reconozco que estuve parte de la noche dándole vueltas al tema.

Después de unos días, ya estábamos bastante cansados de las tonterías y exigencias de nuestra tía.

Una mañana, Alfred vino a nuestro compartimento, sobresaltado y muy nervioso.

           –¡Venid corriendo, llamad a un médico! ¡Su tía no se despierta, parece que está muerta!

           –¿Cómo?, no es posible –dije saltando de la litera–. ¡Manolo, ve a buscar a un médico, rápido!

            Desgraciadamente, el médico certificó su muerte. Aparentemente, había sido una  muerte natural, pero el forense tenía que hacer la autopsia.

            Volvimos a la mansión de Los Ángeles. Allí nos esperaba un inspector de policía. No podíamos salir de la casa hasta que el caso estuviera resuelto. Éramos testigos y sospechosos de un asesinato. No nos lo podíamos creer. La autopsia había revelado que nuestra tía  había sido envenenada. Nada más oírlo pensamos en José…No sería capaz…Hablamos con él en una habitación, para que nadie nos oyera. Él, por supuesto, lo negó todo. Lloraba sin parar. Pero, lo que era claro, era que entre nosotros había un asesino.

            El inspector era un hombre bajito, con aspecto de ardilla. Se llamaba Scott. Nos interrogó minuciosamente, haciéndonos preguntas de lo más absurdas, aunque seguramente eran intencionadas.

            Todos teníamos un motivo para matar a la tía Antonieta: el dinero. Yo no imaginaba que alguno de nosotros fuera capaz de tal cosa, pero la fortuna puede cegarnos, incluyéndome a mí, pues aun teniendo éxito en mi trabajo y mi vida personal, siempre me han atraído los grandes lujos.

            El inspector tenía cierta tendencia a sospechar de José. A Julia la estuvo interrogando entre sollozos, aunque no conseguía sacarle gran cosa, con tanto llanto. Alfred  también estaba muy afectado, pero tenía una sonrisa nerviosa  que alertó al inspector. También era la persona que más tiempo había pasado con la tía y el que más oportunidades había tenido para introducir alguna sustancia en sus infusiones. Por el contrario, era difícil sospechar de Manolo, con ese aspecto bonachón, siempre hablando bien de la tía, aun sintiéndose mal por los recuerdos que tenía de pequeño. Por mi parte, la cosa estaba dudosa, parecía poco  sospechoso, pero en un caso así, uno no se puede fiar de nadie.

            Pasamos muchas horas de tensión en esa casa, así que decidimos preparar una cena tranquila y charlar con el inspector de otras cosas  para relajarnos un poco.

            Julia estaba muy nerviosa y empezó a acusar a José por la conversación que habíamos tenido en el tren. Empezó a gritar y a acusarlo:

           –¡Asesino!, no lo puedo creer, mi propio primo, eres un…, un ¡monstruo!

           –Por favor, Srta. Julia, haga el favor de calmarse. Es mi deber como policía investigar a fondo esta cuestión. José, explíqueme inmediatamente todo lo relacionado con esa conversación –exigió el inspector.

           –Vamos a ver, tiene razón, vamos a calmarnos –asintió José–. Esa conversación “se fue un poco de madre”. Todos estábamos un poco hartos de nuestra tía y, recordando las cosas que nos hacía cuando éramos pequeños, dije, claro está, de broma, que podríamos envenenarla. Pero nada más lejos de mi intención.

           –Vamos a inspeccionar sus habitaciones palmo a palmo inmediatamente–ordenó el inspector Scott.

En ese momento, un grupo de policías, pusieron las habitaciones patas arriba. Empezaron  por la habitación de José. Revolvieron todo y encontraron un libro sobre venenos mortales escondido detrás del falso fondo de un armario. Se llevaron a José a la comisaría detenido para declarar, como principal sospechoso.

Siguieron buscando por todos los rincones, pero no hallaron nada importante. Únicamente, encontraron una cadena que creían que pertenecía a José. También encontraron en la habitación de Alfred una botellita de cristal sin etiqueta. La llevaron a analizar. Este hallazgo ponía en un aprieto al mayordomo.

Pasaron tres días y José seguía declarándose inocente, no cambiaba su versión. El inspector no las tenía todas consigo, algo fallaba.

El análisis de la botella dio positivo en cianuro. Ya  conocían la causa de la muerte, ahora solo faltaba conocer al culpable. También tenían el resultado del análisis de la cadena, que resultó ser de otra persona.

El inspector quiso ponernos a todos contra las cuerdas y nos hizo un interrogatorio muy duro. Pero hubo una persona que no pudo aguantar más la presión. Fue Alfred. Después de soportar duras acusaciones, por fin reveló:

           –No puedo más –nos dijo a todos– y mirando hacia uno de nosotros añadió–si no confiesas tú, lo haré yo.

Entonces, Manolo, sollozando, dijo:

           –Lo siento, no aguantaba más. Quise olvidar el pasado, pero estos días, viendo cómo se comportaba la tía, no pude soportar volver a sentirme tan mal como cuando era pequeño. Así que decidí que la idea de José era buena. Como en el tren había un servicio de biblioteca, decidí buscar un libro sobre venenos mortales que no dejaran huella y, después, para no levantar sospecha, me lo traje aquí. La cadena se me debió de caer al meter el libro en el falso fondo del armario. Lo que peor he hecho ha sido intentar culpar a mi hermano, pero no vi otra alternativa, él siempre sale airoso de todos los problemas. Decidí también pedir ayuda a Alfred, porque cada noche preparaba la infusión de la tía Antonieta. Al principio no quiso ayudarme, y eso que él estaba bastante decepcionado con la tía porque le trataba como a un esclavo y no le había incluido en el testamento. Pero no fue difícil presionarle y convencerle ofreciéndole la mitad de mi parte de la herencia.

Inmediatamente, el inspector soltó a José con una disculpa y arrestó a Manolo y a Alfred. No dábamos crédito, nuestro primo, el más bueno de todos, se había transformado en un ser rencoroso y dañino…

Después de unos días de papeleo y de recomponernos un poco del disgusto, el inspector Scott  nos informó de la lectura del testamento. A la mansión  llegó un notario que, al parecer, era íntimo amigo de la tía Antonieta. Comenzó la lectura.  La tía nos había dejado, a todos los primos por igual, la suma de medio millón de euros, un buen pico. También había sorpresa para Alfred por los servicios prestados durante todos esos años; le había dejado la mansión, con todo el mobiliario y elementos de decoración incluidos, entre los que se encontraban algunos cuadros importantes de gran valor.

La avaricia y el rencor hicieron que Manolo y Alfred no pudieran disfrutar de su fortuna. Julia, José y yo pusimos rumbo a Madrid. Llegamos finalmente  a nuestras casas y contamos todo lo sucedido al resto de la familia.
Manolo y Alfred fueron encarcelados en una prisión y siguen cumpliendo su condena en la actualidad.  

Darío Casado Corralo. 
1º A de ESO.   


                   Prof. Noemí González García