"LLa lengua nace con el pueblo; que vuelva a él, que se funda con él, porque el pueblo es el verdadero dueño de la lengua". Miguel Delibes a lengua nace con el pueblo; que vuelva a él, que se funda con él, porque el pueblo es el verdadero dueño de la lengua". Miguel Delibes

lunes, 14 de mayo de 2018

HISTORIAS DE MISTERIO


Atraídos por las historias de misterio e inspirados por La ratonera de Agatha Christie leída en clase, los alumnos de 1º de ESO os presentan sus relatos de suspense, con los que esperamos que paséis un buen rato. ¡Disfrutad!

ASESINATO EN EL TREN DE MEDIANOCHE


Me llamo Javier, soy el mayor de los cuatro sobrinos de mi única tía, Antonieta.  Es una mujer de carácter agrio, seco y es extremadamente tacaña.  Hace años se quedó viuda y se hizo millonaria. Pero no sabe disfrutar del dinero, todo lo que tiene ha sido gracias a su marido.

            El pasado jueves, nos sorprendió a todos los sobrinos cuando recibimos una llamada suya en la que nos invitaba a una cena en familia en su mansión de Los Ángeles (EEUU). Quería darnos una gran noticia.

            Después de ponerme en contacto  con mis tres primos,  Julia, Manolo y José, estos dos últimos hermanos, y organizar el viaje, preparé las maletas con mucha intriga.

            Mientras recogía la ropa, pensaba en los momentos divertidos que hemos vivido todos los primos juntos. En nuestra infancia, éramos un poco traviesos, pero mi primo José, el más pequeño, a veces llegaba a ser perverso. Le gustaba torturar a cualquier ser vivo que no fuera racional. Su hermano Manolo, sin embargo, era un ángel, siempre preocupado por los demás, cuidando de todos; parecía mentira que hubieran nacido de la misma madre. Julia era una niña muy normal, no le gustaba llamar la atención.

Estaba recordando esos momentos cuando, de repente, sonó el timbre. Mis primos habían venido a buscarme. Qué alegría sentimos al vernos.

–¡Hombre Javi, qué mayor te veo ja, ja, ja,..! –exclamó mi primo José.

–¡Qué simpático eres, primo! –dije yo.

–No le hagas caso, Javi, ya sabes que es muy bromista –puntualizó Manolo.

–Primo, ¿qué tal estás?, ¿lo tienes todo listo?

–Por supuesto, ya sabéis que me gusta tenerlo todo controlado–afirmé.

A la mañana siguiente, teníamos que estar en el aeropuerto de Madrid. Nuestro vuelo salía a las 9:10 de la mañana, así que decidimos acostarnos pronto.

Llegó el ansiado día. Después de recoger nuestras maletas, decidimos desayunar en la cafetería del aeropuerto.

Cuando entramos en el avión, Julia empezó a sentir mucho miedo porque era la primera vez que volaba.

–Julia, no te preocupes, son unas cuantas horas dentro de este aparato, pero

verás cómo te entretienes con una película y después echas un sueñecito –dijo Manolo con tono tranquilizador.

–Lo intentaré, pero no te prometo nada; gracias, primo.



La azafata se dispuso a explicarnos las normas de seguridad. Luego habló el piloto:

–Buenos días, soy el piloto Fernández; el avión despegará en cinco minutos.

¡Les deseamos un feliz viaje!

           En ese momento a Julia le entraron unas tremendas ganas de ir al baño. Le dijimos que no era buena idea, pero ella no aguantaba más. Serían los nervios. Tardaba más de lo necesario y el avión iba a despegar. Cuando empezaba a levantar el vuelo,  Julia salió del baño y, entre el miedo y la confusión, se desmayó en el pasillo. Rápidamente, entre la azafata y yo cogimos a Julia y conseguimos sentarla en su asiento. Tuvimos que echarle agua fría en la cara para despertarla. Con todo ese lío, se acabó durmiendo plácidamente durante unas cuantas horas.

            Al llegar a Los Ángeles, el avión aterrizó con éxito. Salimos del aeropuerto, donde nos esperaba una limusina que había enviado nuestra querida tía. ¡Qué ilusión nos hizo montar en ella!; teníamos bebidas, algo para picar, TV, de todo…

            Al llegar a la mansión, nos recibió Alfred, su mayordomo. Parecía inglés, tenía un estilo similar al de los mayordomos de las películas. Nos enseñó nuestras habitaciones y nos invitó a ponernos cómodos. Nuestra tía nos recibiría lo antes posible, estaba dándose un baño de espuma relajante.

            Bajamos al salón a esperarla. Al momento, apareció Antonieta, vestida muy elegante.

–¡Queridos sobrinos, qué alegría veros después de tantos años!

–¡Tía, estás estupenda! –dijo Julia.

–Qué atenta eres, tú sí que sabes llevar bien tus años.

Como siempre, Antonieta no sabía contener su lengua.

Después de enseñarnos todo y dar un paseo por sus jardines, Alfred nos indicó que era hora de asearnos para la cena.

A las nueve en punto, estaba todo listo. Nos dispusimos a disfrutar de los suculentos platos que nos había preparado la cocinera. Cuando llegaron los postres, José le dijo a nuestra anfitriona:

           –Tía Antonieta, nos tienes intrigadísimos, ¿puedes contarnos ya cuál es esa noticia tan importante?

           –Pues claro, ahora mismo. Me ha costado mucho decidirme, pero gracias al consejo de Alfred, mi testamento está casi acabado.

–¿Qué quieres decir, tía? –preguntó Julia.

           –Durante muchos años, no he sabido disfrutar de mi riqueza. Reconozco que he sido muy tacaña, pero vosotros tampoco os habéis interesado mucho por mi vida. Llevo tiempo dándole vueltas, pensando quién se merece más un buen pellizco de ese dinero. Al fin, he decidido dejaros a los cuatro una buena cantidad. También dejaré un montoncito a otra persona, de la que no revelaré el nombre. Espero que no sea un problema para vosotros y que sepáis estar agradecidos. Deseo vivir muchos años, ya que gozo de buena salud, pero en el caso de que el destino adelantara acontecimientos, hay una cláusula en mi seguro de vida que os haría beneficiarios de otra buena bonificación. Sólo hay una condición para que podáis disfrutar de esa herencia. Tengo pensado hacer un viaje largo, en tren. Me gustaría visitar el “Gran Cañón”  en un tren turístico que hace varias paradas y tarda varios días en llegar. Vosotros vendréis conmigo y, por supuesto,  Alfred, pues no podría hacer nada sin él. En ese viaje tendremos la oportunidad de conocernos mejor y recuperar el tiempo que hemos perdido estos años. La respuesta, tendréis que dármela esta noche, porque el tren sale mañana a las diez de la mañana.

           –¡Menudo notición! –exclamé yo. Tía, reconozco que no te hemos cuidado mucho, pero eres la única tía que nos queda viva y, creo que hablo también en nombre de mis primos, queremos disfrutar de tu compañía durante muchos años. Aunque vives un poco lejos de España como para venir a visitarte a menudo, ¿no crees?

           –Por supuesto que estamos de acuerdo con Javi. Vendremos a visitarte todo lo que podamos –apuntaron mis primos.

           –Por el dinero para la visitas y el viaje, no hay por qué preocuparse, chicos. Ya veréis qué gran familia vamos a recuperar.

A la mañana siguiente, estábamos listos en la Union Station de Los Ángeles, con mucho nerviosismo y expectación.

Comenzamos el viaje en tren. El primer día hicimos parada en un pueblo, en el que tuvimos la oportunidad de hacer unas compras. Volvimos al tren y nos entretuvimos con nuestra tía, contando historias de nuestra vida, jugando a juegos de mesa, etc.

Manolo no parecía divertirse, sabía que nunca le había gustado a la tía Antonieta. De pequeño era regordete, feo y bastante torpe, y eso hizo que fuera diana de muchas de las burlas de la tía. Además le castigaba sin cenar y sin ir al río a bañarse cuando nos quedábamos con ella en su casa de verano, aunque el pobre nunca se lo merecía. El que realmente se portaba mal era su hermano José, pero era el ojito derecho de la tía.

Julia estaba agradecida, pero a la vez tenía ganas de acabar ese viaje. En su trabajo las cosas no iban muy bien y estaba en el punto de mira de un posible despido. No quería jugársela, pero tampoco quería que la apartaran de la ansiada herencia.

José estaba encantado disfrutando del momento y, de vez en cuando, aprovechaba que era el preferido de la tía para burlarse de la ella de forma sutil. Siempre había sabido sacarle una sonrisa y dinero; era muy interesado.

Yo, en cambio, tenía mis dudas. La tía no era mala persona, pero tampoco era de fiar. No obstante, tenía unos días de vacaciones reservados y me pareció buena idea disfrutarlos así.

Alfred no dejaba de servir a la tía, era como un perro fiel. Pero Antonieta abusaba mucho de su confianza, hasta el punto de despertarle durante la noche para llevarle una infusión del vagón restaurante cuando no podía dormir.

Los días transcurrían lentos y eso nos daba tiempo a pensar en otras cosas. Una noche, cuando tomábamos el último café, aprovechando que la tía se había ido a dormir, se nos ocurrió pensar qué pasaría si tía Antonieta se moría antes de tiempo. Podría darle un infarto, ya que era una señora de gran corpulencia y no se cuidaba mucho. Podría tener un accidente, podría sufrir una enfermedad…pero, de repente, José dijo riéndose:

–¡Podríamos envenenarla y así obtendríamos antes la herencia! Ja, ja, ja.

–Lo dirás de broma, ¿verdad? –dijo Manolo.

–Claro, hermanito, claro.

      Julia y yo nos quedamos desconcertados y reconozco que estuve parte de la noche dándole vueltas al tema.

Después de unos días, ya estábamos bastante cansados de las tonterías y exigencias de nuestra tía.

Una mañana, Alfred vino a nuestro compartimento, sobresaltado y muy nervioso.

           –¡Venid corriendo, llamad a un médico! ¡Su tía no se despierta, parece que está muerta!

           –¿Cómo?, no es posible –dije saltando de la litera–. ¡Manolo, ve a buscar a un médico, rápido!

            Desgraciadamente, el médico certificó su muerte. Aparentemente, había sido una  muerte natural, pero el forense tenía que hacer la autopsia.

            Volvimos a la mansión de Los Ángeles. Allí nos esperaba un inspector de policía. No podíamos salir de la casa hasta que el caso estuviera resuelto. Éramos testigos y sospechosos de un asesinato. No nos lo podíamos creer. La autopsia había revelado que nuestra tía  había sido envenenada. Nada más oírlo pensamos en José…No sería capaz…Hablamos con él en una habitación, para que nadie nos oyera. Él, por supuesto, lo negó todo. Lloraba sin parar. Pero, lo que era claro, era que entre nosotros había un asesino.

            El inspector era un hombre bajito, con aspecto de ardilla. Se llamaba Scott. Nos interrogó minuciosamente, haciéndonos preguntas de lo más absurdas, aunque seguramente eran intencionadas.

            Todos teníamos un motivo para matar a la tía Antonieta: el dinero. Yo no imaginaba que alguno de nosotros fuera capaz de tal cosa, pero la fortuna puede cegarnos, incluyéndome a mí, pues aun teniendo éxito en mi trabajo y mi vida personal, siempre me han atraído los grandes lujos.

            El inspector tenía cierta tendencia a sospechar de José. A Julia la estuvo interrogando entre sollozos, aunque no conseguía sacarle gran cosa, con tanto llanto. Alfred  también estaba muy afectado, pero tenía una sonrisa nerviosa  que alertó al inspector. También era la persona que más tiempo había pasado con la tía y el que más oportunidades había tenido para introducir alguna sustancia en sus infusiones. Por el contrario, era difícil sospechar de Manolo, con ese aspecto bonachón, siempre hablando bien de la tía, aun sintiéndose mal por los recuerdos que tenía de pequeño. Por mi parte, la cosa estaba dudosa, parecía poco  sospechoso, pero en un caso así, uno no se puede fiar de nadie.

            Pasamos muchas horas de tensión en esa casa, así que decidimos preparar una cena tranquila y charlar con el inspector de otras cosas  para relajarnos un poco.

            Julia estaba muy nerviosa y empezó a acusar a José por la conversación que habíamos tenido en el tren. Empezó a gritar y a acusarlo:

           –¡Asesino!, no lo puedo creer, mi propio primo, eres un…, un ¡monstruo!

           –Por favor, Srta. Julia, haga el favor de calmarse. Es mi deber como policía investigar a fondo esta cuestión. José, explíqueme inmediatamente todo lo relacionado con esa conversación –exigió el inspector.

           –Vamos a ver, tiene razón, vamos a calmarnos –asintió José–. Esa conversación “se fue un poco de madre”. Todos estábamos un poco hartos de nuestra tía y, recordando las cosas que nos hacía cuando éramos pequeños, dije, claro está, de broma, que podríamos envenenarla. Pero nada más lejos de mi intención.

           –Vamos a inspeccionar sus habitaciones palmo a palmo inmediatamente–ordenó el inspector Scott.

En ese momento, un grupo de policías, pusieron las habitaciones patas arriba. Empezaron  por la habitación de José. Revolvieron todo y encontraron un libro sobre venenos mortales escondido detrás del falso fondo de un armario. Se llevaron a José a la comisaría detenido para declarar, como principal sospechoso.

Siguieron buscando por todos los rincones, pero no hallaron nada importante. Únicamente, encontraron una cadena que creían que pertenecía a José. También encontraron en la habitación de Alfred una botellita de cristal sin etiqueta. La llevaron a analizar. Este hallazgo ponía en un aprieto al mayordomo.

Pasaron tres días y José seguía declarándose inocente, no cambiaba su versión. El inspector no las tenía todas consigo, algo fallaba.

El análisis de la botella dio positivo en cianuro. Ya  conocían la causa de la muerte, ahora solo faltaba conocer al culpable. También tenían el resultado del análisis de la cadena, que resultó ser de otra persona.

El inspector quiso ponernos a todos contra las cuerdas y nos hizo un interrogatorio muy duro. Pero hubo una persona que no pudo aguantar más la presión. Fue Alfred. Después de soportar duras acusaciones, por fin reveló:

           –No puedo más –nos dijo a todos– y mirando hacia uno de nosotros añadió–si no confiesas tú, lo haré yo.

Entonces, Manolo, sollozando, dijo:

           –Lo siento, no aguantaba más. Quise olvidar el pasado, pero estos días, viendo cómo se comportaba la tía, no pude soportar volver a sentirme tan mal como cuando era pequeño. Así que decidí que la idea de José era buena. Como en el tren había un servicio de biblioteca, decidí buscar un libro sobre venenos mortales que no dejaran huella y, después, para no levantar sospecha, me lo traje aquí. La cadena se me debió de caer al meter el libro en el falso fondo del armario. Lo que peor he hecho ha sido intentar culpar a mi hermano, pero no vi otra alternativa, él siempre sale airoso de todos los problemas. Decidí también pedir ayuda a Alfred, porque cada noche preparaba la infusión de la tía Antonieta. Al principio no quiso ayudarme, y eso que él estaba bastante decepcionado con la tía porque le trataba como a un esclavo y no le había incluido en el testamento. Pero no fue difícil presionarle y convencerle ofreciéndole la mitad de mi parte de la herencia.

Inmediatamente, el inspector soltó a José con una disculpa y arrestó a Manolo y a Alfred. No dábamos crédito, nuestro primo, el más bueno de todos, se había transformado en un ser rencoroso y dañino…

Después de unos días de papeleo y de recomponernos un poco del disgusto, el inspector Scott  nos informó de la lectura del testamento. A la mansión  llegó un notario que, al parecer, era íntimo amigo de la tía Antonieta. Comenzó la lectura.  La tía nos había dejado, a todos los primos por igual, la suma de medio millón de euros, un buen pico. También había sorpresa para Alfred por los servicios prestados durante todos esos años; le había dejado la mansión, con todo el mobiliario y elementos de decoración incluidos, entre los que se encontraban algunos cuadros importantes de gran valor.

La avaricia y el rencor hicieron que Manolo y Alfred no pudieran disfrutar de su fortuna. Julia, José y yo pusimos rumbo a Madrid. Llegamos finalmente  a nuestras casas y contamos todo lo sucedido al resto de la familia.
Manolo y Alfred fueron encarcelados en una prisión y siguen cumpliendo su condena en la actualidad.  

Darío Casado Corralo. 
1º A de ESO.   


                   Prof. Noemí González García                    

CRUEL VENGANZA


    Una mañana soleada de mediados de abril, mientras yo estaba desayunando, llamaron a mi madre debido a que se había cometido un asesinato, pues ella es criminóloga, y al colgar parecía bastante afectada. Mi madre me dijo que habían encontrado un coche azul en cuyo interior se hallaba un cadáver.
     Me llamo Clarke, tengo 17 años y me encanta la investigación, al igual que a mi madre. Mis padres están divorciados y tengo que pasar un mes con cada uno. Este mes me ha tocado quedarme con mi madre.
     Hoy mi madre me ha dejado ir con ella al trabajo, que es algo muy raro. ¿Habrá sido por algo que le han dicho por teléfono? Bueno, lo que espero es que no me afecte a mí o a mi familia.
   Cuando llegamos al escenario del crimen el compañero de mi madre, Marcus, hizo una pregunta que pude oír debido a que Marcus no se le da muy bien susurrar.
   -¿Cree usted que su hija está preparada? -le preguntó Marcus a mi madre.
   -No, pero se tendrá que enterar tarde o temprano.
   Marcus se acercó y me contó quién era la víctima. Al enterarme, lloré y fui corriendo hacia mi madre para que ella me consolara. La víctima había sido el hermano pequeño de mi madre, mi tío John Álvarez.
   Después de haber llorado un rato, me tiré en el suelo desconsolada y vi otro cuerpo. Pegué un grito, no porque fuera el cuerpo de una persona muerta, sino porque era el cuerpo de Clarisa, la esposa de mi tío.
   -¡Mamá, -grité con todas mis fuerzas para que mi madre y todos me oyeran -es Clarisa!
    Unas horas más tarde, en el departamento de policía, mi madre me dio una mascarilla blanca y una bata azul celeste. Mi sueño, por fin, hecho realidad. Iba a poder entrar en la sala de autopsias.
   Roberto, el forense, nos enseñó los cuerpos y nos dijo la causa de la muerte, aunque para ser sincera era bastante obvio que habían muerto por un disparo en la cabeza. Pero a Clarisa también le habían disparado en la pierna.
    Marcus me dijo que llamara a los hijos de mis tíos y, al ver que no contestaban, me ordenó que les contase todo lo que sabía de ellos. Les dije que el mayor se llamaba Héctor y tenía mi misma edad y que la pequeña se llamaba Alexis y tenía 12 años. Ambos eran muy buenos y formales, ni salían a la calle con desconocidos ni hacían cosas malas.
  Mientras yo le estaba contando todo esto a Marcus, mi madre se había ido a casa de mis tíos. Cuando ya estábamos a punto de terminar el interrogatorio, mi madre apareció y, al verme allí metida, entró y le dijo a Marcus que me dejara tranquila. Al salir, mi madre y Marcus se quedaron discutiendo.
   Cuando por fin habían acabado de discutir, la investigadora Aida les dijo que habían encontrado algo.
   -Los Álvarez eran médicos en un centro psiquiátrico. ¿No es así?
   -Así es -confirmó mi madre.
   -El asesino puede haber sido alguien que estuviera al cuidado de los señores Álvarez o algún familiar descontento -dedujo Marcus.
 -Así es, pero tenemos un pequeño problema para poder averiguarlo -informó Aida-. Al igual que en otros muchos casos, hay demasiada gente en la lista de posibles culpables.
   Mientras mi madre y los demás estaban hablando de todo ese asunto, Roberto nos informó de que la bala que había matado a mi tío era de 12 milímetros pero las balas de mi tía eran de 9 milímetros. Todo eso era muy importante porque eso quería decir que a mi tío le dispararon con un rifle a larga distancia, pero a mi tía la mataron con un revólver a corta distancia.
   Aida me pidió ayuda para que fuese con ella a buscar a una pareja de la lista de sospechosos. No me podía creer todo lo que me estaba pasando en un mismo día, y sabía que no iba a ser solo aquel día, sino que al día siguiente y puede que al siguiente también siguiéramos investigando quiénes eran los asesinos hasta encontrarlos.
   Al acabar de investigar a la mitad de los sospechosos, mi madre y yo nos fuimos a casa a descansar para lo que nos estaría esperando al día siguiente. Al llegar a casa, mi madre parecía muy triste, así que me dio las buenas noches y se fue a la cama. «Espero que mañana esté mejor y más alegre», pensé.
   A la mañana siguiente, cuando me desperté, me encontraba sola en casa, mi madre no estaba. Era muy extraño, porque a mi madre no le suele gustar que esté sola en casa, normalmente suele buscar a alguien para que me cuide. Me vestí rápidamente para ir al trabajo de mi madre, sin embargo, la puerta estaba cerrada y no encontraba mis llaves ni mi teléfono por ninguna parte. Tal vez mi madre se lo había llevado para que no pudiera salir. Pensé en salir por la ventana pero tengo vértigo y vivo en un tercero.
   Después de darle vueltas a la cabeza pensando en cómo poder salir de allí, se me ocurrió una cosa un poco brusca, romper la puerta a golpes. Y después de darle con todas mis fuerzas, al fin lo conseguí y fui corriendo hasta el trabajo de mi madre.
   Cuando por fin llegué allí, no había nadie. ¿Dónde se habían metido?  Me llamó la atención algo situado en la pizarra donde ponen las pistas. Se trataba de una nota amarilla escrita con tinta roja. La nota decía lo siguiente:
   “No queremos que los niños sufran pero alguien debe pagar por lo que le hicieron a nuestra hija. Si quieren recuperarlos, entréguennos a todos los familiares mayores de 18 años de los padres de estos niños. De lo contrario, estos niños sufrirán la misma suerte que nuestra hija. Les  estaremos esperando en la C/Flor a las 10:30 de la mañana.
   P.D.: Vengan sin armas o ambos morirán”.
   Eso significaba que querían matar a mi madre. Miré el reloj y eran las 10:15, no podría llegar hasta la C/Flor a tiempo. Corrí lo más rápido que pude pero estaba tan asustada por perder a mi madre que, quisiera o no, me ralentizaba.
   Ya eran las 10:30 y mi madre no estaba allí. Tenía la esperanza de que no le hubiese pasado nada malo y que estuviera tras otras pistas o yendo a casa.
   Volví a casa pero mi madre no estaba allí. No dejaba de preguntarme dónde podría estar. Si no estaba ni en la C/Flor, ni en el trabajo, ni en casa, ¿dónde estaba? Solo quedaban tres sitios en los que podría estar: en el escenario del crimen, en el hospital o en algún lugar junto con los asesinos de mis tíos.
    Lo primero que hice fue intentar arreglar la puerta, cosa que me llevó casi media hora, y cuando conseguí por fin arreglarla me dirigí hacia el hospital. Como me sentía tan cansada, cogí un taxi para que me llevase hasta allí.
   Cuando llegué, vi a mi madre junto a los demás. Fui corriendo hacia ella sin detenerme y, al verme, se quedó pasmada. Tal vez pensaba que yo seguía encerrada en casa. No le salían las palabras.
   Cuando llegamos al departamento de policía todos se pusieron a buscar información. Yo no sabía adónde ir ni qué hacer, así que le pregunté a uno de los investigadores si podía saber qué estaban buscando. Me dijeron que creían saber quiénes eran los asesinos.  Ya sabían quién era la niña enferma al cuidado de mis tíos que había muerto recientemente. Solo les faltaba saber dónde se encontraban los padres de esa niña y dónde tenían retenidos a mis primos.
   Después de un tiempo, consiguieron averiguarlo. Al leer informes sobre esas personas, vi un apartado que explicaba la causa de la muerte de aquella niña. Lo que le había sucedido era muy trágico. Al parecer, la niña, que no tenía más de 12 años, en un momento en el que mis tíos se habían ido, cogió aguja e hilo y se cosió la boca y los dos ojos. Cuando mis tíos volvieron, ya era demasiado tarde, estaba muerta.
    Mi madre parecía muy alterada. Una inspectora le preguntó qué pasaba. Dijo que los asesinos la habían llamado y le habían advertido de que, si no estaba en la C/Bermúdez antes de  medianoche, Héctor y Alexis morirían. Mi madre habló tan rápido que era difícil entenderla.
   Seguro que todo era una trampa, además ¿es que pensaban dejar que la policía les atrapase así como así? Le dije a mi madre lo que pensaba y me pidió que la acompañase. Era muy raro, ella siempre piensa las cosas dos veces antes de hacerlas, pero esta vez lo hizo sin pensarla apenas una vez.
   Por fin llegamos al lugar indicado y en breves instantes se vieron sombras. Al fin se les distinguió la cara, eran los asesinos, pero ¿y mis primos?
   Mi madre pidió refuerzos para arrestar a esas personas, mientras yo estaba buscando a Héctor y Alexis. Al encontrarlos, estaban atados uno al otro sin poder moverse. Héctor estaba mirando hacia mí con un trapo en la boca, a la vez que estaba llorando. Antes de desatar a mi primo quería ver a mi prima, que estaba de espaldas a Héctor. Al verla, yo también me puse a llorar. Le había pasado lo que yo me suponía. Le habían pintado la boca y los ojos con trazos negros, como si fueran puntadas de costura, como si fuera el patrón que iban a seguir para coserla, tal y como su hija se había hecho a sí misma. Menos mal que llegamos a tiempo para salvarla.
    Los demás investigadores y policías, al verme en el suelo llorando y abrazando a mis primos, me separaron de ellos para poder desatarlos y para que fueran atendidos en la ambulancia que acababa de llegar.
   De este modo acaba esta historia en la que todos y todas hemos sufrido mucho por causa de una venganza. Os preguntaréis qué pasó con los asesinos. Bueno, tienen que cumplir cadena perpetua en le cárcel por el asesinato de dos personas inocentes. La maldad y la violencia nunca son buenas compañeras, así que ya sabéis, si sentís ganas de venganza, pensadlo dos veces antes de llevarla a cabo.

Paula Flores García.
1º A de ESO


Prof. Noemí González García