"LLa lengua nace con el pueblo; que vuelva a él, que se funda con él, porque el pueblo es el verdadero dueño de la lengua". Miguel Delibes a lengua nace con el pueblo; que vuelva a él, que se funda con él, porque el pueblo es el verdadero dueño de la lengua". Miguel Delibes

sábado, 28 de julio de 2018

SANCHO Y SUS REFRANES

En el capítulo XLIII de la Segunda Parte de El Quijote (1615), Sancho habla hilando un refrán tras otro: vendrán por lana, y volverán trasquilados; y a quien Dios quiere bien, la casa le sabe; y las necedades del rico por sentencias pasan en el mundo; (…). No, sino haceos miel, y paparos han moscas; tanto vales cuanto tienes, decía una mi agüela; Y del hombre arraigado no te verás vengado.


-¡Oh, maldito seas de Dios, Sancho! -dijo a esta sazón don Quijote-. ¡Sesenta mil satanases te lleven a ti y a tus refranes!





No queremos enfadar aún más a don Quijote, pero sí nos gustaba conocer qué refranes conocían en nuestras casas, y estos han sido algunos de los que ha recopilado el alumnado de 3º de ESO  

Sergio Donaire Santovenia de su abuelo:
"En boca del mentiroso, lo cierto es dudoso."
"Barriga llena, corazón contento."
"Ama a quien no te ama, 
responde a quien no te llama, 
andarás carrera vana." 

"Costurera sin dedal
cose poco y cose mal."
"El vino alegra el ojo, limpia el diente y sana el vientre."
"El que no lucha por lo que quiere, no merece lo que desea."
"La pulga tras la oreja, 
con el diablo se aconseja."
"Adonde el corazón se inclina,
el pie camina."
"Invierno no es pasado
mientras abril no es terminado."
"Más vale paso que dure, que trote que canse."
"Dinero ten
y todo parecerá bien."
"Médico nuevo
llena el cementerio."
"El perro y el niño 
van donde les dan cariño."
"La oveja que pare en febrero
ni oveja ni cordero."
"El que adelante no mira
atrás se queda."
"Agua por la Virgen de agosto
quita aceite y agua al mosto." 


Raúl Fernández, de María Fernández:
"Matrimonio y mortaja,
del cielo baja."


Pablo Vidal, de su abuela Mari Luz Álvarez Pareja:
"El que de amigos carece
es porque no se los merece."


Paola Sánchez Sampaio, de su abuela María Luisa Suárez Iglesias, quien también nos dio la explicación pertinente:
"El muerto a la sepultura
y el vivo a la hogaza."
Este refrán expresa que, al morir una persona, sus seres queridos no deben pasar mucho tiempo en medio de la tristeza y lamentando su pérdida.

lunes, 14 de mayo de 2018

HISTORIAS DE MISTERIO


Atraídos por las historias de misterio e inspirados por La ratonera de Agatha Christie leída en clase, los alumnos de 1º de ESO os presentan sus relatos de suspense, con los que esperamos que paséis un buen rato. ¡Disfrutad!

ASESINATO EN EL TREN DE MEDIANOCHE


Me llamo Javier, soy el mayor de los cuatro sobrinos de mi única tía, Antonieta.  Es una mujer de carácter agrio, seco y es extremadamente tacaña.  Hace años se quedó viuda y se hizo millonaria. Pero no sabe disfrutar del dinero, todo lo que tiene ha sido gracias a su marido.

            El pasado jueves, nos sorprendió a todos los sobrinos cuando recibimos una llamada suya en la que nos invitaba a una cena en familia en su mansión de Los Ángeles (EEUU). Quería darnos una gran noticia.

            Después de ponerme en contacto  con mis tres primos,  Julia, Manolo y José, estos dos últimos hermanos, y organizar el viaje, preparé las maletas con mucha intriga.

            Mientras recogía la ropa, pensaba en los momentos divertidos que hemos vivido todos los primos juntos. En nuestra infancia, éramos un poco traviesos, pero mi primo José, el más pequeño, a veces llegaba a ser perverso. Le gustaba torturar a cualquier ser vivo que no fuera racional. Su hermano Manolo, sin embargo, era un ángel, siempre preocupado por los demás, cuidando de todos; parecía mentira que hubieran nacido de la misma madre. Julia era una niña muy normal, no le gustaba llamar la atención.

Estaba recordando esos momentos cuando, de repente, sonó el timbre. Mis primos habían venido a buscarme. Qué alegría sentimos al vernos.

–¡Hombre Javi, qué mayor te veo ja, ja, ja,..! –exclamó mi primo José.

–¡Qué simpático eres, primo! –dije yo.

–No le hagas caso, Javi, ya sabes que es muy bromista –puntualizó Manolo.

–Primo, ¿qué tal estás?, ¿lo tienes todo listo?

–Por supuesto, ya sabéis que me gusta tenerlo todo controlado–afirmé.

A la mañana siguiente, teníamos que estar en el aeropuerto de Madrid. Nuestro vuelo salía a las 9:10 de la mañana, así que decidimos acostarnos pronto.

Llegó el ansiado día. Después de recoger nuestras maletas, decidimos desayunar en la cafetería del aeropuerto.

Cuando entramos en el avión, Julia empezó a sentir mucho miedo porque era la primera vez que volaba.

–Julia, no te preocupes, son unas cuantas horas dentro de este aparato, pero

verás cómo te entretienes con una película y después echas un sueñecito –dijo Manolo con tono tranquilizador.

–Lo intentaré, pero no te prometo nada; gracias, primo.



La azafata se dispuso a explicarnos las normas de seguridad. Luego habló el piloto:

–Buenos días, soy el piloto Fernández; el avión despegará en cinco minutos.

¡Les deseamos un feliz viaje!

           En ese momento a Julia le entraron unas tremendas ganas de ir al baño. Le dijimos que no era buena idea, pero ella no aguantaba más. Serían los nervios. Tardaba más de lo necesario y el avión iba a despegar. Cuando empezaba a levantar el vuelo,  Julia salió del baño y, entre el miedo y la confusión, se desmayó en el pasillo. Rápidamente, entre la azafata y yo cogimos a Julia y conseguimos sentarla en su asiento. Tuvimos que echarle agua fría en la cara para despertarla. Con todo ese lío, se acabó durmiendo plácidamente durante unas cuantas horas.

            Al llegar a Los Ángeles, el avión aterrizó con éxito. Salimos del aeropuerto, donde nos esperaba una limusina que había enviado nuestra querida tía. ¡Qué ilusión nos hizo montar en ella!; teníamos bebidas, algo para picar, TV, de todo…

            Al llegar a la mansión, nos recibió Alfred, su mayordomo. Parecía inglés, tenía un estilo similar al de los mayordomos de las películas. Nos enseñó nuestras habitaciones y nos invitó a ponernos cómodos. Nuestra tía nos recibiría lo antes posible, estaba dándose un baño de espuma relajante.

            Bajamos al salón a esperarla. Al momento, apareció Antonieta, vestida muy elegante.

–¡Queridos sobrinos, qué alegría veros después de tantos años!

–¡Tía, estás estupenda! –dijo Julia.

–Qué atenta eres, tú sí que sabes llevar bien tus años.

Como siempre, Antonieta no sabía contener su lengua.

Después de enseñarnos todo y dar un paseo por sus jardines, Alfred nos indicó que era hora de asearnos para la cena.

A las nueve en punto, estaba todo listo. Nos dispusimos a disfrutar de los suculentos platos que nos había preparado la cocinera. Cuando llegaron los postres, José le dijo a nuestra anfitriona:

           –Tía Antonieta, nos tienes intrigadísimos, ¿puedes contarnos ya cuál es esa noticia tan importante?

           –Pues claro, ahora mismo. Me ha costado mucho decidirme, pero gracias al consejo de Alfred, mi testamento está casi acabado.

–¿Qué quieres decir, tía? –preguntó Julia.

           –Durante muchos años, no he sabido disfrutar de mi riqueza. Reconozco que he sido muy tacaña, pero vosotros tampoco os habéis interesado mucho por mi vida. Llevo tiempo dándole vueltas, pensando quién se merece más un buen pellizco de ese dinero. Al fin, he decidido dejaros a los cuatro una buena cantidad. También dejaré un montoncito a otra persona, de la que no revelaré el nombre. Espero que no sea un problema para vosotros y que sepáis estar agradecidos. Deseo vivir muchos años, ya que gozo de buena salud, pero en el caso de que el destino adelantara acontecimientos, hay una cláusula en mi seguro de vida que os haría beneficiarios de otra buena bonificación. Sólo hay una condición para que podáis disfrutar de esa herencia. Tengo pensado hacer un viaje largo, en tren. Me gustaría visitar el “Gran Cañón”  en un tren turístico que hace varias paradas y tarda varios días en llegar. Vosotros vendréis conmigo y, por supuesto,  Alfred, pues no podría hacer nada sin él. En ese viaje tendremos la oportunidad de conocernos mejor y recuperar el tiempo que hemos perdido estos años. La respuesta, tendréis que dármela esta noche, porque el tren sale mañana a las diez de la mañana.

           –¡Menudo notición! –exclamé yo. Tía, reconozco que no te hemos cuidado mucho, pero eres la única tía que nos queda viva y, creo que hablo también en nombre de mis primos, queremos disfrutar de tu compañía durante muchos años. Aunque vives un poco lejos de España como para venir a visitarte a menudo, ¿no crees?

           –Por supuesto que estamos de acuerdo con Javi. Vendremos a visitarte todo lo que podamos –apuntaron mis primos.

           –Por el dinero para la visitas y el viaje, no hay por qué preocuparse, chicos. Ya veréis qué gran familia vamos a recuperar.

A la mañana siguiente, estábamos listos en la Union Station de Los Ángeles, con mucho nerviosismo y expectación.

Comenzamos el viaje en tren. El primer día hicimos parada en un pueblo, en el que tuvimos la oportunidad de hacer unas compras. Volvimos al tren y nos entretuvimos con nuestra tía, contando historias de nuestra vida, jugando a juegos de mesa, etc.

Manolo no parecía divertirse, sabía que nunca le había gustado a la tía Antonieta. De pequeño era regordete, feo y bastante torpe, y eso hizo que fuera diana de muchas de las burlas de la tía. Además le castigaba sin cenar y sin ir al río a bañarse cuando nos quedábamos con ella en su casa de verano, aunque el pobre nunca se lo merecía. El que realmente se portaba mal era su hermano José, pero era el ojito derecho de la tía.

Julia estaba agradecida, pero a la vez tenía ganas de acabar ese viaje. En su trabajo las cosas no iban muy bien y estaba en el punto de mira de un posible despido. No quería jugársela, pero tampoco quería que la apartaran de la ansiada herencia.

José estaba encantado disfrutando del momento y, de vez en cuando, aprovechaba que era el preferido de la tía para burlarse de la ella de forma sutil. Siempre había sabido sacarle una sonrisa y dinero; era muy interesado.

Yo, en cambio, tenía mis dudas. La tía no era mala persona, pero tampoco era de fiar. No obstante, tenía unos días de vacaciones reservados y me pareció buena idea disfrutarlos así.

Alfred no dejaba de servir a la tía, era como un perro fiel. Pero Antonieta abusaba mucho de su confianza, hasta el punto de despertarle durante la noche para llevarle una infusión del vagón restaurante cuando no podía dormir.

Los días transcurrían lentos y eso nos daba tiempo a pensar en otras cosas. Una noche, cuando tomábamos el último café, aprovechando que la tía se había ido a dormir, se nos ocurrió pensar qué pasaría si tía Antonieta se moría antes de tiempo. Podría darle un infarto, ya que era una señora de gran corpulencia y no se cuidaba mucho. Podría tener un accidente, podría sufrir una enfermedad…pero, de repente, José dijo riéndose:

–¡Podríamos envenenarla y así obtendríamos antes la herencia! Ja, ja, ja.

–Lo dirás de broma, ¿verdad? –dijo Manolo.

–Claro, hermanito, claro.

      Julia y yo nos quedamos desconcertados y reconozco que estuve parte de la noche dándole vueltas al tema.

Después de unos días, ya estábamos bastante cansados de las tonterías y exigencias de nuestra tía.

Una mañana, Alfred vino a nuestro compartimento, sobresaltado y muy nervioso.

           –¡Venid corriendo, llamad a un médico! ¡Su tía no se despierta, parece que está muerta!

           –¿Cómo?, no es posible –dije saltando de la litera–. ¡Manolo, ve a buscar a un médico, rápido!

            Desgraciadamente, el médico certificó su muerte. Aparentemente, había sido una  muerte natural, pero el forense tenía que hacer la autopsia.

            Volvimos a la mansión de Los Ángeles. Allí nos esperaba un inspector de policía. No podíamos salir de la casa hasta que el caso estuviera resuelto. Éramos testigos y sospechosos de un asesinato. No nos lo podíamos creer. La autopsia había revelado que nuestra tía  había sido envenenada. Nada más oírlo pensamos en José…No sería capaz…Hablamos con él en una habitación, para que nadie nos oyera. Él, por supuesto, lo negó todo. Lloraba sin parar. Pero, lo que era claro, era que entre nosotros había un asesino.

            El inspector era un hombre bajito, con aspecto de ardilla. Se llamaba Scott. Nos interrogó minuciosamente, haciéndonos preguntas de lo más absurdas, aunque seguramente eran intencionadas.

            Todos teníamos un motivo para matar a la tía Antonieta: el dinero. Yo no imaginaba que alguno de nosotros fuera capaz de tal cosa, pero la fortuna puede cegarnos, incluyéndome a mí, pues aun teniendo éxito en mi trabajo y mi vida personal, siempre me han atraído los grandes lujos.

            El inspector tenía cierta tendencia a sospechar de José. A Julia la estuvo interrogando entre sollozos, aunque no conseguía sacarle gran cosa, con tanto llanto. Alfred  también estaba muy afectado, pero tenía una sonrisa nerviosa  que alertó al inspector. También era la persona que más tiempo había pasado con la tía y el que más oportunidades había tenido para introducir alguna sustancia en sus infusiones. Por el contrario, era difícil sospechar de Manolo, con ese aspecto bonachón, siempre hablando bien de la tía, aun sintiéndose mal por los recuerdos que tenía de pequeño. Por mi parte, la cosa estaba dudosa, parecía poco  sospechoso, pero en un caso así, uno no se puede fiar de nadie.

            Pasamos muchas horas de tensión en esa casa, así que decidimos preparar una cena tranquila y charlar con el inspector de otras cosas  para relajarnos un poco.

            Julia estaba muy nerviosa y empezó a acusar a José por la conversación que habíamos tenido en el tren. Empezó a gritar y a acusarlo:

           –¡Asesino!, no lo puedo creer, mi propio primo, eres un…, un ¡monstruo!

           –Por favor, Srta. Julia, haga el favor de calmarse. Es mi deber como policía investigar a fondo esta cuestión. José, explíqueme inmediatamente todo lo relacionado con esa conversación –exigió el inspector.

           –Vamos a ver, tiene razón, vamos a calmarnos –asintió José–. Esa conversación “se fue un poco de madre”. Todos estábamos un poco hartos de nuestra tía y, recordando las cosas que nos hacía cuando éramos pequeños, dije, claro está, de broma, que podríamos envenenarla. Pero nada más lejos de mi intención.

           –Vamos a inspeccionar sus habitaciones palmo a palmo inmediatamente–ordenó el inspector Scott.

En ese momento, un grupo de policías, pusieron las habitaciones patas arriba. Empezaron  por la habitación de José. Revolvieron todo y encontraron un libro sobre venenos mortales escondido detrás del falso fondo de un armario. Se llevaron a José a la comisaría detenido para declarar, como principal sospechoso.

Siguieron buscando por todos los rincones, pero no hallaron nada importante. Únicamente, encontraron una cadena que creían que pertenecía a José. También encontraron en la habitación de Alfred una botellita de cristal sin etiqueta. La llevaron a analizar. Este hallazgo ponía en un aprieto al mayordomo.

Pasaron tres días y José seguía declarándose inocente, no cambiaba su versión. El inspector no las tenía todas consigo, algo fallaba.

El análisis de la botella dio positivo en cianuro. Ya  conocían la causa de la muerte, ahora solo faltaba conocer al culpable. También tenían el resultado del análisis de la cadena, que resultó ser de otra persona.

El inspector quiso ponernos a todos contra las cuerdas y nos hizo un interrogatorio muy duro. Pero hubo una persona que no pudo aguantar más la presión. Fue Alfred. Después de soportar duras acusaciones, por fin reveló:

           –No puedo más –nos dijo a todos– y mirando hacia uno de nosotros añadió–si no confiesas tú, lo haré yo.

Entonces, Manolo, sollozando, dijo:

           –Lo siento, no aguantaba más. Quise olvidar el pasado, pero estos días, viendo cómo se comportaba la tía, no pude soportar volver a sentirme tan mal como cuando era pequeño. Así que decidí que la idea de José era buena. Como en el tren había un servicio de biblioteca, decidí buscar un libro sobre venenos mortales que no dejaran huella y, después, para no levantar sospecha, me lo traje aquí. La cadena se me debió de caer al meter el libro en el falso fondo del armario. Lo que peor he hecho ha sido intentar culpar a mi hermano, pero no vi otra alternativa, él siempre sale airoso de todos los problemas. Decidí también pedir ayuda a Alfred, porque cada noche preparaba la infusión de la tía Antonieta. Al principio no quiso ayudarme, y eso que él estaba bastante decepcionado con la tía porque le trataba como a un esclavo y no le había incluido en el testamento. Pero no fue difícil presionarle y convencerle ofreciéndole la mitad de mi parte de la herencia.

Inmediatamente, el inspector soltó a José con una disculpa y arrestó a Manolo y a Alfred. No dábamos crédito, nuestro primo, el más bueno de todos, se había transformado en un ser rencoroso y dañino…

Después de unos días de papeleo y de recomponernos un poco del disgusto, el inspector Scott  nos informó de la lectura del testamento. A la mansión  llegó un notario que, al parecer, era íntimo amigo de la tía Antonieta. Comenzó la lectura.  La tía nos había dejado, a todos los primos por igual, la suma de medio millón de euros, un buen pico. También había sorpresa para Alfred por los servicios prestados durante todos esos años; le había dejado la mansión, con todo el mobiliario y elementos de decoración incluidos, entre los que se encontraban algunos cuadros importantes de gran valor.

La avaricia y el rencor hicieron que Manolo y Alfred no pudieran disfrutar de su fortuna. Julia, José y yo pusimos rumbo a Madrid. Llegamos finalmente  a nuestras casas y contamos todo lo sucedido al resto de la familia.
Manolo y Alfred fueron encarcelados en una prisión y siguen cumpliendo su condena en la actualidad.  

Darío Casado Corralo. 
1º A de ESO.   


                   Prof. Noemí González García                    

ATRACO SIN PISTAS


            Carlos llegó a su oficina en el banco como todas las mañanas, sobre las ocho; le gustaba llegar el primero y tener todo preparado para cuando llegasen sus clientes. Todo estaba en orden, pulsó el código de la alarma y entró, se preparó un café y se dispuso a ordenar papeles que le habían quedado pendientes antes de comenzar los cuatro días de vacaciones de Semana Santa.

            Poco a poco fueron llegando todos los empleados y poco después de las nueve entró el primer cliente, que venía a recoger una importante cantidad de dinero. Manuel, que era el empleado que atendía el mostrador en ese momento, fue hasta la caja fuerte y metió la combinación para activar el sistema de apertura. Este se quedó pálido cuando vio que la caja estaba vacía, no había rastro de los miles de euros que habían quedado allí la semana anterior. Rápidamente corrió al despacho del director y le contó como pudo lo que acababa de ver con sus propios ojos. Carlos se levantó de la silla sin esperar ni un minuto y se fue directo a la caja fuerte. ¿Cómo era posible? Las puertas no estaban forzadas, la alarma no había saltado y todo estaba exactamente igual que lo habían dejado. No daba crédito, menudo lío tenía encima.

            Hizo una llamada de teléfono y enseguida llegaron sus superiores con la policía. El inspector Arias se hizo cargo de la investigación, empezó a interrogar a todos los empleados y a tomar huellas de todo lo que rodeaba la caja fuerte para intentar descifrar aquel misterio. Puso mucho empeño y durante varios días dedicaba montones de horas a intentar encontrar alguna pista, pero los días pasaban y no conseguía avanzar ni un solo paso. Menudo desastre, él, que siempre había resuelto todos los casos que le daban sin mayor problema, se empezaba a desesperar y creía que no iba a ser capaz de resolver la desaparición del dinero.

            Al cabo de unos días, cuando ya había tirado la toalla, se le ocurrió que a lo mejor no había entrado nadie en el banco, sino que se habían llevado el dinero desde dentro. Se fue corriendo hasta el banco y pidió permiso al director para inspeccionar la caja fuerte otra vez. La examinó muy bien y en la parte de abajo, en una esquinita, descubrió un pequeño agujero. Evidentemente nadie podría haber entrado por allí, era imposible, pero el inspector decidió desmontar la caja por aquella esquina. Vinieron los trabajadores del banco especializados en ese trabajo y fueron desmontando la caja tornillo a tornillo y chapa a chapa.

            Lo que descubrieron los dejó a todos asombrados. En una de las paredes del banco, se había instalado una familia de ratoncitos y habían hecho su nido con todos los billetes que habían robado de la caja. Parecía increíble que hubieran trabajado tantísimo en solo cuatro días, pero así era. Y al inspector Arias siguió sin resistírsele ningún caso.

Pelayo Porrón Uría.
1º A de ESO.

Prof. Noemí González García